Las palabras me bajaban por la espalda, la luz insignificante y moribunda de la habitación ya me enceguesía y me quemaba aunque estuviera a metros y metros de mí. Todo era silencio, hasta en mis propios pensamientos me aseguraba de no hacer demaciado ruido.
Hasta el día de hoy no se decir si en ese momento me sentí asustada o acorralada por mis propios descuidos. La cuestión es que yo estaba ahí en las penumbras de mi cuarto, vacía de ideas o palabras que me defendieran, escuchando como el silencio se rompía con su voz pronunciando mi nombre.
El estaba frente a mí, hablándome de un mundo que no conozco queriendo hacerme partícipe de aquella locura. No me atreví a mirarlo, no me atreví a responderle, no me atreví siquiera a moverme de mi lugar. Los segundos de silencio parecían horas, no sabía que hacer ¿ Como decirle que último que quiero es que viva para mí? ¿ Como mirarlo a la cara y decirle que no tengo idea de nada?. La noche pasó en un silencio aterrador.
Hoy en día cuando recuerdo esa esena tan particular soñada alguna vez a raiz de una comversacion que si existió digo: - Si yo en ese momento hubiera..- pero el momento ya pasó, la sensación ya se esfumó y no quedaron ni siquiera las cenizas.
Es importante vivir el hoy, por si no después nos quejamos del vacío y las oportunidades perdidas.
