miércoles, 18 de abril de 2012

Rosa.

Caminaba bajo el crujido
de las hojas secas
pisaba descalza el otoño
tal vez una sonrisa
se filtro por su piel
cuando se abrazó al viento
quien sabe,
las hojas seguían muriendo

y así en un rastro
de flores grises
la rebeldía de una rosa
se hace ver
no todo es nostalgia

El mundo jamás
perdió sus colores.











Fotografía: Laureano Piccini.

- Ya vas a encontrar a alguien, estoy seguro y me lo vas a poder contar contenta- me dijo, acariciando mi cabeza que descanzaba en su pecho, no podía hablar estaba ahogada con mis propias lágrimas, estaba tan desesperada, el ser que más amaba estaba ahí y yo estaba en el deber de dejarlo ir. 
- Siempre te amé- le dije- pero fui demaciado cobarde para admitirlo en su momento y ahora ya es muy tarde- me lamenté. Humedesí su ropa y tal vez hasta le haya dejado mis manos marcadas en su pecho, me aferraba con fuerza, como si una gran parte de mi vida se fuera con él. Sentí la destrucción.
Recuerdo  que no se le cayó una sola lagriama, pero sentía que su voz se iba a quebrar en cualquier momento. Me separó de él y me miró, temblé ante esos ojos, profundos e indesifrables. Me acarició una última vez, jamás en lo que duró esa despedida dejé de llorar tan abiertamente, dejandome ver.
Me dijo debía descansar, que todo iba a estar bien, que esta sensación no me iba a durar demaciado y apoyo su frente contra la mía, me secó algunas de las lagrimas y volvió a repetirme que debía descansar. Yo había dejado de hablar hacía bastante. Lo abrazé con todas mis fuerzas, el me respondió con piedad y tal vez remordimiento. Y corri sin mirar atras, el me vió perderme en por la puerta de mi casa.
No me sentí la misma desde entonces, y ese recuerdo me atormenta cada noche. ¿ Hasta cuando voy a estar estancada en el mismo lugar? Jamás he dejado de llorarlo.