Me detuve estrepitosamente a mitad del recorrido, me aturdía el eco de mis propios pasos. Miré con desdén mi alrededor, oscurecía la garúa era intensa y siempre un atardecer con nubes es aún más agónico que el de siempre. Me quedé inmóvil un momento no quería reanudar el viaje, mi desesperación era tal que desee detener el tiempo hasta por lo menos hallar otra salida, pero resultó inútil y patético. Toda yo era una legítima representación del fracaso, ahí parada en medio de esa garúa lastimosa, lamentándome en el silencio por lo que no pude hacer mientras podía. Como si clamara por piedad, la noche me encontró en el mismo lugar, nadie iba a venir así me quedara horas a esperar, pensaba ¿Esperar a quien? No entendía que era lo que me anclaba a esa sensación desgarradora, la lluvia no cesó y no sé cuanto tiempo estuve ahí parada meditando mi existencia. La calle esperaba ansiosa el veredicto sobre mi marcha. Miré hacia atrás una última vez y anhele el regreso, pero el tiempo había pasado sentí rabia y nostalgia por todo a lo que debía renunciar, aun así mis pasos siguieron firmes así como ese sabor amargo en mi boca.
