Historias

El sol retorna a su muerte diaria

Verano

 El sol retorna a su muerte diaria, a su letargo ininterrumpido en la oscuridad, veo los colores y la gente guarecerse en las sombras y en el silencio de la tarde moribunda. Todo aquí permanece quieto y callado en espera de la noche, yo repudio ese instante en donde la tarde empieza a morir por que me llena de nostalgia, aún preparo la cena para dos y aún espero afuera la llegada de mi conyugue perdido para siempre. La noche en esta casa se ha perpetuado desde ese día que el general llegó hasta mi puerta y me comunico el perecimiento de mi esposo en el campo de batalla. Habló de honor, valentía y otros valores que poco me importan, solo él me importaba, solo él y ahora ya no estaba. Transitamos el año 1863 y Japón apenas a cesado el aislamiento, empezamos a ver cosas nuevas traídas por los extranjeros y eso nos perturba, hemos vivido tanto tiempo bajo el régimen del shogun que hacernos la idea de una nueva era nos resulta extraño pero aun así peleamos por lo que es mejor para el país. Los revolucionarios se preparan arduamente para consagrarse en el honor de la batalla, se abastecen de armamento y practican el arte de la espada. Muchos saben que no sobrevivirán a esta lucha y que no verán el amanecer de la nueva era, pero aun así quieren contribuir con la causa no importa si les cuesta la vida. Ellos siguen firmemente el código del guerrero. Mi hermano trajo a mi casa un occidental insistió en que cuide de él hasta que despierte, no me dio más explicaciones que esas fugaces palabras y lo dejó ahí en una de las habitaciones confiándolo a mis cuidados. Miré sus heridas y eran muchas y algunas muy profundas, entendía su estado de inconciencia había perdido mucha sangre. Sin esperar que sobreviviera aceptando la petición de mi hermano, comencé a sanarlo y a esperar vanamente una evolución. Mi hermano es uno de los samuráis que participan de la rebelión por el nuevo régimen, pelea por el emperador y por un país mejor. Temo que un día ya no regrese así como tampoco volvió mi esposo, me divido entre mis deseos de acompañarlos en la lucha y en poner un alto a tanta muerte. Al día siguiente Ishin llegó temprano para ver el estado de mi huésped, mientras tomábamos el té me hizo una serie de preguntas sobre mi esposo, como sobrellevaba la muerte, si me pesaba su ausencia, si sentía deseos de vengarlo y si perdonaría a la persona que le arrebató la vida. Lo miré con extrañeza y leí la verdad de sus intenciones detrás de sus palabras. -¿Es él? – le pregunté con la voz fría. El no se atrevió a responderme, solo asintió y fue hacia donde el estaba, dejándome sola con mis pensamientos. En este país las mujeres son sumisas, calladas y serviciales por obligación, viven para atender los caprichos del marido y de los hijos, son vistas como herramientas fundamentales que tienen como fin dar a luz grandes guerreros y toda su vida se reduce a eso. Yo no vivo así, yo me casé por amor y mi esposo me trato siempre como su igual, nunca fui doblegada ni por él ni por la demandante sociedad, de él aprendí a usar la espada y a manejar las distintas artes del combate, me enseño también el código del guerrero confiando en que algún día lo aplicaría. Nosotras le servimos al pueblo solo para darle hijos y cuidar de ellos, yo no puedo concebir pero nadie lo sabe, en mi pueblo eso significa graves problemas para la familia porque su clan no trascenderá, una mujer infértil es inútil .Sé que jamás podré dar a luz a un gran guerrero ni a una gran mujer pero no voy a torturarme con eso, a él solo le bastaba mi compañía nada más que eso le importaba y lo amaba por eso. Las lágrimas me traicionaban ante el recuerdo, de nada me servía ahora evocarlo, era ahondar más la herida que me dejó su muerte. ¿Sería capaz de entrar en ese cuarto y clavarle en el pecho a mi enemigo el puñal de la venganza? ¿Podría acaso olvidar tal acción y perdonar? ¿Podría erradicar el rencor de mi ser y superarlo? ¿Podría? ¿Sería capaz de enterrar a mi esposo en el olvido y dejar a su verdugo seguir viviendo? Todas esas preguntas atormentaban mis pensamientos y enturbian mi visión, era mi deber tomar una decisión al respecto, ¿Pero cuál era la correcta? los pasos de mi hermano a mis espaldas me sacaron de mis delirios, no podía ni siquiera mirarlo a los ojos, estaba enojada con él por haber traído a mi casa el deshonor de alojar a ese hombre, la sangre me hervía pero tenía que mantener mi semblante calmo y pensar con claridad. No podía dejarme dominar por los impulsos de locura, tenía que tomar una decisión. - Ya está despierto… tus cuidados le han salvado la vida, te lo agradezco él es una herramienta fundamental para que triunfemos…- me dijo y se inclinó respetuosamente para despedirse, yo que estaba sumida en un mutismo absoluto le devolví el saludo y lo vi partir. Sus palabras hicieron eco por toda la casa. Medité unos instantes en el jardín antes de ir hasta el cuarto, ¿Qué iba a hacer? Las tormentosas preguntas volvían a mí y me punzaban, ¿Venganza? ¿Olvido? ¿Perdón? El viento me acariciaba suavemente, me traía las voces del pasado donde yo era una mujer feliz junto al hombre que amaba. Reposé largo rato con la intención de calmar la tempestad de mi mente, cuando abrí los ojos ya era de noche. Entre silenciosamente en la habitación, mis manos temblaban, toda la templanza que había conseguido de mi meditación en el jardín se había perdido, él estaba sentado en un rincón y me miró con sorpresa o tal vez temor. Balbuceo unas palabras en su idioma que no entendí, su respiración era dificultosa y pude ver que estaba nervioso, intentó ponerse de pie pero se desplomo en el suelo y desde ahí levanto la cabeza para mirarme a los ojos. Yo permanecí inmóvil estudiando cada movimiento sin saber que hacer. Finalmente después de unos minutos que parecieron una eternidad, lo levanté del piso con el cuerpo tembloroso y volví a acostarlo, me detuve a estudiarlo unos instantes, una de sus heridas se había abierto por el esfuerzo y sangraba, reparé en sus rasgos, su piel y su extraña vestimenta occidental. Yo tenía el puñal escondido entre la ropa y estaba lista para condenar mi alma a las llamas del infierno, pero no pude no me sentí capaz de cometer tamaño crimen, la piedad me dominó al ver en sus ojos la miseria, no quería una venganza al menos no en esas condiciones, si he de vengar a mi marido me gustaría una batalla justa, de igual a igual. Le salvé la vida y no sé si atormentarme más por eso o por no haberlo matado teniendo la oportunidad, la cuestión es que ahora me encontraba velando por él. El verano está concluyendo, pronto empezarán a caer las hojas, el occidental ahora puede caminar y recorre la casa y el pueblo, trata de entendernos pero la barrera del idioma siempre lo aísla aunque observa todo muy detenidamente y aprende de ello. El pueblo empieza a verlo con distintos ojos.

 Otoño 

 En plena madrugada me despierto fría y asustada por mis pesadillas, un escalofrío me recorre el cuerpo y no puedo conciliar el sueño tras el súbito despertar, últimamente me he sumido en una vigilia constante. Las pesadillas son frecuentes y cada vez peores, el occidental me lanza miradas llenas de preocupación y curiosidad, dice que grito en la noche con desesperación como si llamase a alguien con una voz desgarradora. Espero el amanecer con ansiedad, no me siento tranquila hasta que la oscuridad desaparece. Estoy ligeramente perturbada por mi situación y porque el gran día se aproxima, todos se están preparando para bailar con la muerte y cumplir el tan ansiado objetivo, yo no puedo quedarme aquí, guardada en mi casa mientras que afuera la vida de los míos se pierde y se destruye. Los árboles están mudando de hojas, el viento frío las arrastra por el campo y trae algunas al umbral de mi puerta, no puedo más que apreciar la belleza de lo natural y temer el paso del tiempo ¿Qué estoy esperando para unirme? ¿Qué me retiene en este lugar apartado de todo? Otra noche más pasó sin que pudiera dormir, cuando mi hermano llegó apenas despuntaba el sol, no me sorprendió en lo absoluto su reacción al verme pero yo no iba a cambiar de opinión.
 -He decidido participar de la batalla. Seré tu estratega, supe que el tuyo fue asesinado en la ciudad.- Mi hermano temblaba de ira y de miedo ante mi decisión. Yo tenía puesta la armadura de nuestro padre y mi hermano me miraba incrédulo y desesperado.
 - ¡Me niego rotundamente a que participes de la revolución, ¿No ves que es absurdo? La guerra es cosa de hombres fuertes y honrados, no de mujeres el deber de ustedes es cuidar de los hijos nada más!- me gritó pero sus palabras ni me inmutaron, era tal mi convicción que nada era capaz de hacerme volver, yo tenía planeada toda una estratagema para guiarlos a la victoria pero antes tenía que ganarme su total confianza, mostrar mi habilidad, hacer que rompan con todos sus prejuicios y necedades que solo los han llevado al fracaso y a la muerte, ese era un desafío mayor que la guerra misma, estaba desafiando la tradición que tanto han cuidado durante siglos, estaba siendo atrevida y podrían también creer que había perdido el juicio pero la realidad es que nunca estuve tan lúcida como ahora. Todo estaba claro. Miré a mi hermano que no había cambiado la expresión de horror en su rostro.
- ¿Cuidar de los hijos dices? Soy solo una triste mujer seca, viuda y desafortunada. ¿Tengo que sentarme aquí a esperar que cada día se consuma, que todo a mi alrededor se desmorone por crueldad del tiempo y que solo me quede esperar la muerte solo porque la tradición dice que es mi deber?- Mi hermano bajo la mirada careciendo de los argumentos para contradecirme, caminó hacia la ventana y se quedó observando el sol bañar los campos. Yo podía oír como todo empezaba a moverse, la gente, los animales, la vida rutinaria de los que luchan por sobrevivir.
- Deja esa espada que no te pertenece- me dijo después de un largo silencio.
- No- le respondí con la misma calma con la que lo había recibido. El soltó un respiro de resignación y sin decirme nada abandonó la casa. El sabe muy bien que no retrocederé, que es una decisión tomada y le desespera no tener las herramientas para hacerme desistir. Yo no tengo ningún propósito en la vida, nada más que perder, nada a que aferrarme y lo último que quería era hundirme en la soledad. No me importa ir contra la tradición, ni contra todos los hombres que se opongan a mi lucha, ni tampoco le temo a la guerra ni a la muerte. Los gritos de mi hermano habían despertado al extranjero, que ahora se encontraba de pie detrás de mí con semblante tranquilo.
- Va a ser difícil, pero accederán.- me dijo y también abandonó la habitación dejándome sola.
 - Lo más difícil que alguien se haya atrevido a hacer jamás.- respondí al viento. Las hojas siguen lloviendo por el campo, me estremece verlas danzar hasta la tierra, escuchar su lento crepitar entre el bullicio, verlas morir en el olvido. Eso nos pasa también a nosotros, morimos a veces sin saber que hemos vivido. No quiero morir, no quiero que la muerte me encuentre sin haber hecho antes resonar mi nombre, no quiero escucharla masticar mi carne ni roer mis huesos, ella hará de mí un susurro anónimo, un rumor de hojas secas y pisoteadas por los hombres, que acabarán igual que yo. Muertos. El miedo desborda de mi cuerpo ante la sola idea de morir.
-Yo sé de que manera pelean los otros, se las estrategias que usan, lo cobardes que son, puedo ayudarlos a ganar…- me dijo el occidental mientras tomábamos el té, yo lo miré detenidamente unos segundos, estaba tan distinto ¿Había pasado tanto tiempo ya? Hablaba japonés con total fluidez, vestía como nosotros, hacia lo que nosotros y vivía como nosotros. Ya nada quedaba de aquel desconocido moribundo que llegó a mi casa, ni de aquél enemigo, ni de aquella herramienta que pensábamos sacrificar después de usarla. Ahora era uno más de nosotros.
 -Ya hablé con tu hermano, no está nada contento con tu iniciativa pero lo convencí de que tu presencia era necesaria, yo también voy a pelear de su lado, va a ser difícil porque ellos tienen las armas, pero ya pensaremos en algo.
- Gracias por intervenir, hubiera deseado abrirme camino sola pero así está bien. Solo convenciste a mi hermano, todavía queda el resto de su ejército.
 - No te va a costar mucho trabajo.- dijo terminando de beber- Tienes más carácter que cualquiera de ellos. – y me sonrió
- Hablaré mañana con mi hermano- le dije y haciendo una reverencia propia de nuestra tradición se retiró. Yo también abandoné la mesa y me encaminé al bosque, pronto caerá el invierno y no voy a poder salir con tanta frecuencia a la crueldad del frío.
Lo mejor y lo peor de todo está por venir.

 Invierno

 Ya no quedan hojas que puedan caer, se han muerto todas y un tenue manto blanco las esconde, las sepulta y las silencia, cuanta paz hay en esa blancura, cuanta pureza que se verá corrompida por la violencia, no voy a poder protegerla pero sí vengarla.
El crujido de la leña me hizo apartar los ojos de la ventana y mirar a mi compañero que yacía sentado alrededor del fuego. La batalla final está cerca y nadie está listo, todos nos llenamos la boca de palabras y hacemos alarde de unas ansias de pelea que no tenemos, porque nadie quiere morir, pero por sobre nuestra muerte vendrá un porvenir mejor para los que quedan y esa es la razón por que persistimos, porque queremos algo mejor para nuestro país así nos cueste la vida.
El miedo nos muerde los huesos incansablemente.
- Por lo que veo tu insomnio ha cesado, estás durmiendo un poco más, eso es bueno.- me dijo mi compañero y lo escuche reir con suavidad.
- Estás poniendo somníferos en mi té, por eso estoy durmiendo más. – Él soltó una larga carcajada, por lo visto a estado conteniéndose todo este tiempo, yo tampoco pude eludir la risa por más enojada que estuviera por el ingenioso atrevimiento, necesitaba ahogar con algo la angustia y el miedo que me invadía cada vez que recordaba la guerra. - Es por tu bien, no puedes estar sin dormir te necesitan fuerte y lúcida.- Un largo silencio se desparramo por la sala, él tenía razón pero no podía evitar las pesadillas, los temores, la congoja.
 - En mis pesadillas veo a todos morir a mi alrededor, la sangre me mancha las manos, después el pecho, después el vientre y por último los ojos, nadie respira estoy sola llena de cadáveres que gritan mi nombre, mi estrategia fue errada y los llevó a la aniquilación total, mi espada está rota pero aún puede tomar una vida más. Así quebrada como estaba la enterré en mi vientre, como medida desesperada para conservar mi honor. - Le confesé, para que pudiera entender mi eterna vigilia.
 - Es solo un sueño- me dijo rompiendo el silencio.
- Más que un sueño, parece un presagio. – le dije y me puse a mirar por la ventana la nieve caer.
No parece que haya pasado tanto tiempo desde que James llegó, si no fuera por sus rasgos cualquiera diría que es japonés, es un hombre muy inteligente y que se ha adaptado bien, era un americano que peleaba de la mano de los Shinsengumi, una fuerza militar que defendían al shogunato de los revolucionarios, el perdió una de las tantas batallas libradas y se enfrentó solo a mi hermano y mi marido. Mató a mi esposo con un solo movimiento y mi hermano en lugar de vengarlo tomando su vida, sintió admiración y le perdonó la vida. No puedo decir si hizo bien o mal, pero hoy ese extraño está de nuestro lado y es mi compañero de lucha.

 Primavera

El tiempo se nos ha terminado, es la última noche de paz que verá esta tierra, mañana al despuntar el sol, caminaremos con la muerte y ella decidirá a quienes quiera llevarse.
 Nadie puede dormir, a pesar de la tranquilidad que reina en este pueblo, el insomnio es inevitable, no queremos entregarnos al sueño sin antes habernos llenado los ojos de campo, tierra y fragancia nocturna. No podemos descansar, la inquietud y la ansiedad nos enloquece, sabemos que a partir de mañana, nuestra tierra será otra, tendrá otro color, otra cara y tal vez hasta otro nombre. Pero queremos quedarnos con esta noche, perpetuar esa imagen en la memoria y eternizarla, para no morir de angustia antes de la batalla.
Es la última noche de paz que verá esta tierra, por que mañana se manchara de sangre.
De la nieve ya no queda ni la humedad, los cerezos han florecido más rápido de lo usual y eso solo significa que tenemos que partir.
 La mañana se abrió en un cielo sin nubes, me despertó el bullicio de mis compañeros que se alistaban, era temprano pero igual me levanté, corrompí el silencio de la casa al desenvainar mi espada, al afilarla y prepararla, también oí el relinchar de los caballos que caminaban inquietos. No tardaron demasiado en llamar a la puerta, James que ya hacía varias horas estaba despierto, camino hasta mí y me puso una mano en el hombro para darme fuerzas. Con él ya no necesitábamos de las palabras.
- Ya es hora- me dicen y solo bastó una mirada para que todos se formaran y así emprendimos viaje hacia nuestro destino. Miré por última vez mi hogar, puede que cuando vuelva solo queden sus despojos, como también puede que no vuelva nunca para verlo.
 No hubo una negociación de paz de ninguna de las partes antes del combate, para Japón la paz llegaría tras ganar la guerra, eso era lo único a lo que nos aferrábamos con fuerza, a la esperanza de poder hacer algo por nuestro país. El temor a la muerte quedó por unos momentos al margen, no importaba si moríamos, porque esa batalla consagraría nuestro nombre con honor y haríamos historia. Lo que nos invadía ahora era adrenalina, ansiedad y deseos de victoria.
 Ellos tenían el armamento más moderno, iban a esconderse detrás de sus rifles y matarnos desde la distancia y en cierta parte eso funciono, pero nuestra estrategia también funcionó, aunque tuvimos una cantidad de bajas innumerables y entre los caídos estaba mi hermano. Otra vez la guerra me había quitado una parte de mi vida irrecuperable, la única que me quedaba.
 La batalla, la gran y tan nombrada batalla para la que nos preparamos por tanto tiempo y que creímos nuestra última esperanza, duró una hora, una hora de masacre ininterrumpida. Y en ese momento, lo perdimos todo.
 No quedaba nadie, ni de un bando ni del otro, solo destrucción. Busque con la mirada algún sobreviviente, pero todo intento fue vano, a James tampoco lo encontré, lo llamé por horas pero nadie respondió. Solo ahí, cuando me pude poner de pie vi lo que habíamos hecho, el desastre, la muerte. Esa era una guerra que nadie podía ganar, pero nos dimos cuenta demasiado tarde, cuando ya todos habíamos muerto, me incluyo en esa muerte por que no podré vivir en paz nunca más después de esto. Y casi opté por el suicidio, pero persistía en mí la duda de por qué quedé con vida. ¿Será que no luche con la suficiente fuerza? ¿Será que aún tengo algo pendiente en este mundo? El cuchillo en alto esperaba mi decisión, pero unas manos me lo quitaron.
 - Vamos, no hay nada para nosotros aquí- me dijo tomando mi mano, estaba tan mal herido como cuando llegó a mi casa y sonreí al recordarlo, yo estaba igual que él pero nos manteníamos en pie.
 -Vamos- le dije y cuando el sol tocó la montaña, ya estábamos lejos.

Fin

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  Tiempo en las Vias

Ese día Simón llegó a la estación para tomar el tren que lo llevaría a Londres, no estaba de buen humor, hacía días que no podía dormir bien por que sus noches eran perturbadas por extrañas pesadillas sin sentido y por eso siempre despertaba cansado y de un humor terrible. La estación estaba conmocionada, había mucha gente, policías y ambulancias. La gente observaba como los enfermeros bajaban a las vías y pensó que quizás alguien había tenido un accidente.
Mientras se acercaba para mirar lo que había pasado, choco con una mujer de cabello oscuro y porte elegante.
- Perdón señorita, no la vi.- le dijo. La mujer levantó la vista y vaciló.
- ¿Simón? ¿sos vos? – Le preguntó la mujer con un particular tono argentino.
- Barbara! Cuanto tiempo sin verte- le dijo.
- Mucho tiempo- le dijo ella.
Simón era hijo de Francia pero con padres italianos, desde muy joven le gusto escribir y logro con 26 años convertirse en uno de los mejores escritores de su país.
En 1957 durante unos de sus viajes de trabajo, conoció Bárbara y desde entonces siempre sintió ese deseo constante de volver a ese país aunque no hablara español y le fuera difícil adaptarse a sus costumbres, pero según él ella valía cualquier sacrificio. Le costo un poco aprender el idioma y el tiempo que vivió en Argentina con Bárbara y sus largos viajes por America le habían dejado una rara mezcla de acentos,- tu voz es Argentina con un firme tono internacional- Le decía siempre Bárbara. Simón la quería mucho pero su carrera como actriz y el trabajo de constantes viajes de Simón desgastaron la relación y optaron por tomar rumbos diferentes. El, durante los cuatro años que pasó sin verla, le escribió poesías y poemas, le dedicó libros y pinturas pero nunca la buscó, el pensaba que si el destino los separo de esa manera, tarde o temprano los volvería a unir, por que aunque tuvieron que tomar caminos diferentes el aún pensaba en ella.
- Un vagón explotó llegando a la estación, están tratando de rescatar a alguien que se cayó a las vías- le dijo Barbara interrumpiendo sus pensamientos
- Lo viste?- preguntó Simón.
- No, se lo escuche decir a un policía, llevan horas sin poder sacar el cadáver de ahí.-
- Hace cuanto pasó esto?
- No sabría decirte…- le dijo
- A ese paso el cuerpo va a descomponerse.- decía mientras observaba a los forenses que intentaban vanamente recuperar el cuerpo en las mejores condiciones posibles.
- ¿Por que no nos vamos a tomar un café?- decía Simón,
- Tu tren no debe tardar en llegar, ¿por que no esperás?- le dijo ella, con los ojos fríos.
- Prefiero perder el tren..- dijo. A Simón le daba mucha impresión ese tipo de cosas desde niño.
- Vamonos a otro lado- le repitió el.
-No quiero irme, necesito comprobar algo...- dijo firme sin siquiera lanzarle una mirada, como si estuviera varada en un transe profundo Bárbara permanecía quieta mirando las vías estudiando la nada, ahora que Simón podía observarla, la noto pálida, tan pálida que parecía enferma.
Ensimismado e inmerso en aquella imagen que se presentaba ante sus ojos, Simón tenía sentimientos de añoranza, deseaba volver al pasado y corregir aquel error que lo había separado de ella. Jamás la olvidó a pesar de los años y los amores fugaces, ella siempre estaba, en todas las cosas, en toda la gente que lo rodeaba, él siempre encontraba un gesto, una manía, algo que le recordaba a ella y así volvía a revolcarse en su recuerdo.
- Aquella camisa, me trae recuerdos... – Le dijo en un hilo de voz. Habían sacado de entre las vías el pedazo de una camisa azul.
- De que camisa estás hablando?- le dijo desconcertado, siguió la mirada de Bárbara y ahora lo entendía, el por que no quería moverse de aquella escena. No podía creerlo, por un momento estuvo al borde de la locura, pero ahora lo entendía. No había nada más que hacer. Solo despedirse.
- Ahora puedes tomar tu tren, hacia el otro mundo- dijo Bárbara con la cabeza gacha y las lagrimas escondidas. Ella siempre lo supo, desde el momento en que llegó a la estación de Cambridge esa mañana y presenció la fatídica explosión que logró alcanzarlo el no iba en ese vagón pero estaba cerca y su cuerpo salió despedido a las vías contiguas justo cuando pasaba el tren de las 10. Ella venía de Argentina solo para visitarlo. Su encuentro no pudo ser.
Simón estaba perturbado pero entendía, estaba seguro que solo en sus pesadillas había muerto por ese tren y que era completamente ajeno a la realidad pero ahora había comprobado que todo aquello era cierto.
- Es un consuelo saber que al menos decidiste esperar por mí- le dijo tratando de calmarlo- el tren te está esperando Simón tu tiempo aquí ya terminó.
Un silenció mortuorio vago entre los dos, Simón ahora lo recordaba.
- La vida es cruel- dijo casi en un susurro, ella asintió
- Justo hoy que iba a confesarte que en todo este tiempo no te he olvidado, que iba a proponerte matrimonio, que iba a comenzar por fin la etapa más feliz de mi vida. – Las lagrimas se apoderaron del rostro de Barbara.
- Por que tuve que morir hoy!- gritaba.
- Al menos lograron llegar a mi tus palabras.- dijo limpiando su rostro.
Simón se despidió frustrado, subió a ese tren casi vacío y se perdió entre las brumas mortíferas hacia el más allá.

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El globo rojo


Durante mi viaje a Mendoza, hace ya un par de años, recuerdo haber visitado una bodega, no es que me interesara mucho el tema de cómo se hacían los vinos pero mi marido insistió en que lo acompañara y así lo hice.
Recuerdo también, que mientras nos encaminábamos hacia el lugar, vi por la ventanilla del colectivo, como un globo rojo manchaba el cielo en un día casi perfecto. Me trajo recuerdos.
Cuando me percaté de la hora, era casi medio día y ya habíamos llegado, creo que el globo rojo adelanto el tiempo. Quizás.
No me interesaba visitar la bodega, pero me gustaban los jardines que la rodeaban y el estanque con la fuente que había en la entrada.
Durante la excursión, bajamos al subsuelo a visitar las instalaciones donde se añejaba el vino. No había mucha luz, por eso nos dieron unas linternas.
Mientras caminábamos, vi un globo rojo enredado entre cables y maquinas, cosa que encontré totalmente fuera de lo común, se lo dije enseguida a mi marido pero el dice que no vio nada. Entonces me invadió cierta preocupación y extrañeza. Por que yo sé que el lo vio.
El guía seguía explicando, la historia de cómo se construyeron los túneles y la bodega pero yo no escuchaba, no solo por que no me interesaba lo que estaba diciendo si no por que pensaba en el globo, en el extraño suceso del globo rojo.
Cada vez que doblábamos en una esquina, el globo estaba ahí, a veces desinflado, pero siempre ahí observándome, como si supiera algo de mí que no se debería saber, como si fuera un agente encubierto en vigilia, como si estuviera vivo.
Me quede pensando, cuando salimos de allí, que había de raro en esa bodega y una incomoda sensación de curiosidad me invadía. 
La oscuridad se comió el pueblo muy rápido y nos encaminábamos hacia el hotel. El viaje de regreso fue muy perturbador, por que se me ocurrió, mientras miraba las montañas y los paisajes escondidos en las sombras, que quizás nunca hubo tal globo y que solo fue una mala jugada de mi mente. Sí debía ser eso, una ilusión.
Cuando llegamos al hotel, entramos en nuestra habitación y me topé con mi amigo, el globo rojo. Digo  mi amigo por que pienso que nunca más me lo voy a poder sacar de encima. El me esperaba justo en el sillón donde mi marido se sentaba y se pasaba las  horas leyendo esos libros de Neruda y Gelman que tanto le gustan.
Pienso que esto debe ser uno de esos efectos psicológicos que me habían mencionado durante la secundaría, pero es un globo rojo nada más, un globo rojo que me sigue, un globo rojo que es mi amigo, que solo yo puedo ver.
Entiendo que el globo rojo es un fantasma, o muchos. Si son muchos fantasmas, fantasmas dedicados a llevarse mi cordura, y arrastrarme hasta la muerte.
El globo rojo me perturba, Carmen, me perturba por que soy la única que parece verlo. Aunque yo creo que mi marido si lo ve, por más que me lo niegue, yo se que me miente Carmen, el puede ver el globo rojo que nos observa todas las noches desde los pies de la cama, aunque lo niegue yo lo sé.
El fantasma, o el globo rojo, o los fantasmas disfrazados de globo rojo, no me dejan dormir y estoy paranoica. Por que ya sé quienes pueden ser esos fantasmas, y creo saber por que me atormentan. No falta mucho para que concreten su venganza y aunque, según me han dicho, lo merezco estoy asustada, yo no pude ser capaz de matar a esas personas, no pude ser yo.
- Hay una filmación que lo prueba Alejandra, pero no vas a recordar lo que hiciste por que no estabas en tus cabales. Ni lo estas ahora.- dijo Carmen. Su hermana quien enseguida, les ordenó a los enfermeros que se llevaran a Alejandra a su habitación, no parecía estar muy bien, pero Carmen estaba cansada, había tenido un mal día y quería irse a casa, Alejandra siempre nos contaba la misma historia del globo rojo y de lo asustada que se sentía. Pero esa fue la última vez.
Esto pasó hace unos seis años, Alejandra no soporto la aparente presencia del globo rojo y terminó suicidándose la noche del 24 de junio de 1993, dos días después de nuestra visita. Se ahorco con una bufanda que yo misma le había regalado.